martes, 29 de abril de 2008

A propósito de Isabel Coixet...


Hablar sin necesidad de abrir la boca. Expresar sin necesidad de dialogar. Acudir al buen uso de los elementos cinematográficos que están al alcance del director para narrar. Esa es la premisa de La vida secreta de las palabras, que además hace honor a su título. Isabel Coixet consigue con este duro film, ahondar en los sentimientos de la soledad, el hastío, el miedo y el rencor, mucho más allá de la fuerza de las olas que rompen en la plataforma petrolífera, creada a partir de intensas panorámicas que redundan en el propio microcosmos creado por la directora. La mirada sobre la inmovilidad y la rutina que nos aporta Coixet, nada tiene que ver con las intrusiones que otros grandes directores han tenido sobre enfermos paralizados en una cama. Esta mirada es sin pretensiones, no más lejos que las de mostrar el propio corazón del enfermo Josef, el corazón en definitiva del ser humano, representado por un Tim Robbins en estado de gracia, que se nutre de la ilusión de una nueva enfermera, Hanna (Sarah Polley), como anclaje para sobrevivir.

Durante todo el film, Coixet se encarga de llevarnos a través de la plataforma petrolífera, como si de una ratonera se tratara. Allí conocemos a sus habitantes, seres perdidos, en una gran metáfora del limbo, tierra de nadie o lugar de espera. Tan sólo la oca, parece campar con plena libertad sobre un áspero suelo, dónde se juntan historias silenciosas y melancólicas que conocemos a través de escenarios sumamente potentes, como la curiosa cancha de baloncesto, o la cocina dónde Simón (Javier Cámara) sueña con salir de ese atolladero. ¿Y todo para qué? Para que esta nueva enfermera haga de adalid y a partir de su historia -sin duda la más tierna y dura de la película- nos muestre el corazón y la naturaleza de unos personajes secundarios, que le dan un tono más que sobresaliente al film. Todas las secuencias de la película están perfectamente colocadas, en un guión casi modélico, para llevarnos a la boca del embudo, cuando Hanna confiesa su secreto a Tim Robbins. A partir de ese momento, la herida no sólo se abre en el corazón de Josef (al cual Coixet le da más importancia con la cámara que a las desgarradoras palabras de Hanna que quedan en off), sino que también se abre en el estómago del espectador, que si ha entrado en el juego que Coixet propone, es capaz de recrear una secuencia brutal a desde la mirada triste de Hanna, acompañado por el único largo parlamento, casi monólogo que encontraremos en toda la película.

Es en ese momento, hacia el final del film, cuando Coixet parece perder el rumbo, cuando nos muestra la vida de Hanna fuera de la plataforma, cuando redunda en la secuencia de la videoteca e intenta transmitir cierta moralidad que sobra por completo, porque se substrae del resto de la trama de la película. Es decir, cuando el drama ya está contado. Pero aún con todo, Coixet nos deja una joya. Una obra maestra, en un país poco acustumbrado a las historias profundas -que no vacías- , alejadas de mostrar penurias en su capa más superficial, alejadas de pretensiones moralistas en sus dramas, un país poco acostumbrado a películas como ésta, más cercana a la visión contemporánea de Winterbottom o a los retratos post – modernistas de Kim Ki Duk, que nada tiene que ver con las imitaciones no reconocidas al cine de Ken Loach, o las representaciones titerescas de jóvenes delincuentes paseando por Madrid. Bajo la mirada tierna que se esconden las gafas de pasta de Coixet, las palabras parecen tener mucha más vida de la esperada. Tanta vida, que no merece argumentar mucho más porque esta película sigue siendo la obra más completa de esta directora.

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