viernes, 16 de marzo de 2012

Brújula sin manecilla


No se puede confiar en alguien que se compra una brújula sin manecilla. No se puede. Aunque bien mirado, tampoco resulte tan extraño en un mundo donde hay demasiadas incongruencias a nuestro alrededor como para no desconfiar del mismo. Según diversos estudios geológicos innecesarios para el caso, está comprobado que el mundo es más bien ovalado. Vaya obviedad. Es decir, está lejos de parecerse a una esfera. Sin embargo, cuando cualquiera de nosotros piensa en el globo terráqueo, a nadie se le ocurre hacerlo como si fuera un huevo de avestruz mastodóntico. A todos nos viene la imagen de una pelota redonda, perfecta en su circunferencia, más bien azul y con trozos de tierra afinadamente colocados, donde, por supuesto, Europa o Norteamérica (según la procedencia) siempre, siempre, siempre, estarán en el centro. Y partiendo de este recordatorio tan obvio como innecesario, pues ya sabemos que de nada, o de casi nada, nos podemos fiar. ¿Cómo vamos a confiar de un mundo fabricado por nosotros a nuestra medida? Y así, conforme van pasando los años, nos invade poco a poco el pensamiento de ese alumno sabelotodo, de ese meteréologo sin fallos en sus predicciones que, orgulloso, está a punto de jubilarse. O lo que es lo mismo, con el paso del tiempo, nos convertimos en ateos por vocación. En escépticos de oficio. Es una cuestión de confianza. Y de tiempo. O quizá de ambas, pero sobre todo de tiempo.

Hay muchas incongruencias en las que no podemos confiar. Cientos, miles, millones. Infinidad de ellas. No podemos confiar en todas esas personas que te giñan el ojo cada vez que te saludan. Eso a mí no me da confianza. Eso, más bien me indica un tic congénito de difícil curación. Porque sabemos que el movimiento ocular del párpado que provoca el guiño no es natural en el ser humano. Ya que este, casi siempre, tiende a guiñar los dos ojos a la vez, en lo que comunmente se conoce como pestañeo. Si el guiño siempre va a acompañado de una sonrisa provocada al caso, lo mejor que puede hacer uno es salir corriendo cuanto antes. Al igual que no se puede confiar en alguien que "se alegra de verte" pero no recuerda el nombre de tus hijos/novia/padres y te pregunta por “tus pequeños”/”chica”/”viejos”. A veces, incluso "se alegra de verte" y ni te pregunta. Que para el caso, casi mejor. No se puede confiar en los semáforos en ámbar que parpadean en los cruces. Se sabe que son el motivo de mayor causa de retenciones en la ciudad. Sólo después de las visitas del Rey y las huelgas generales. ¿Quién va a confiar en algo que provoca accidentes continuamente en vez de evitarlos? Al igual que tampoco podemos confiar en los taxistas que te preguntan por dónde quieres ir a tu destino, si por A, o por B. Hay algo raro en alguien que pasa diez horas al día pegando volantazos por ahí y no tiene claro qué camino tomar. Tampoco podemos fiarnos de alguien que siempre pide el café con sacarina pero olvida comentárselo al camarero para obligarle a andar el doble de lo estrictamente necesario. Eso sí, en cuanto ve el sobrecito de azúcar, inmediatamente después se activa su neurona "pide sacarina" y da la orden correcta. Como si las barras de los bares tuvierna una cinta mecánica en el suelo. Con este tipo de sujetos hay que tener especial cuidado. A mí, siempre me parecieron peligrosos. Porque su pensamiento se basa en que el camarero está ahí puesto para servir y la servidumbre, a lo largo de la historia ,siempre ha significado andar un montón. Andar para aquí y para allá. Andar hasta que machacar los pies. Aunque no siempre haya sido necesario, ni haya servido para llevar cafés. Valga la redundancia.

Y porque, en definitiva, no se puede confiar en alguien que ha comprado una brújula sin manecilla. Aunque eso ya lo he dicho al principio. De hecho, comprar una brújula, ya es un acto bien extraño en sí. ¿Para qué narices sirve una brújula sin manecilla? ¿Quién necesita una brújula en estos tiempos? ¿Qué es una brújula? ¿Existen realmente? ¿Alguien ha visto alguna vez una? Lo malo de comprar una brújula sin manecilla, es que no suelen vender manecillas sueltas de recambio. Pero claro…cómo le explicas a alguien que tiene una brújula sin manecilla, que si no encuentra una, pronto perderá el norte. Expresión que, por cierto, implica cierto grado de locura. ¿Vendrá de ahí? Aunque la relación entre el norte y los locos quizá sólo tenga explicación en Suecia, Noruega, Finlandia y quizá también en Seattle. Sobre todo en Frasier.

Si usted va a comprar una brújula, mejor hágalo con manecilla. Aun a riesgo de perderse en el trayecto. Porque si no, sólo le quedará coger un taxi para llegar a donde quiere. Y confiar en que el taxista no sea diabético... Y también en que conozca el camino hacia el destino... Y en que no se cruce con un semáforo ámbar... Ah, eso no, por favor. Y a ser posible, confiar en que se haya acordado de pedir el café con sacarina... Por lo de la diabetes, claro. Y en que no le guiñe el ojo cuando vaya a pagar la carrera... Y por favor, por favor...que no sonría mientras guiña el ojo. Y así no se puede… Así, de veras, que no se puede. Porque un taxista guiñando el ojo, eso sí que no. Eso implica siempre, que uno tiene delante a la persona de menos confianza sobre el redondo globo terráqueo. Que es muy redondo, claro está. Así que bien mirado, hacerse con una brújula que tenga al menos una manecilla resulta fundamental. Pero que tenga manecilla, si no nada, nos están timando. Porque puestos a confiar, siempre es mejor confiar en la manecilla para perderse en el trayecto que nunca haberlo encontrado, ¿no?

2 comentarios:

Andrós dijo...

¿No es mejor el viaje sin brújula? ¿No es mejor la caída libre sin paracaídas?

Nacho. dijo...

Andrós, ¡los viajes sin brújula siempre están bien! ¡súper necesarios! Pero (si las brújulas existen), no estaría nada mal hacerse con una en algún momento, por si acaso hay que echar mano de ella... :-)