Normalmente hay una serie de directores que a uno le gustan más o le entusiasman de alguna manera. De esos hay un pequeño puñado que uno considera imprescindibles, y por cuestiones que trascienden a lo meramente racional y que casi siempre se vinculan a lo emocional, hay uno o dos que resultan sumamente especiales. Vaya por adelantado, que Sidney Lumet, era uno de esta última categoría en mi caso. De ahí que este "no obituario" no se reduzca a una simple fecha con fotografía, sino que más bien sea la manera de exorcizar este desapacible día.
Su IMPRESCINDIBLE libro “Así se hacen las películas” (el cual cualquier director debería leer varias veces a lo largo de su vida) y sus más de cuarenta películas, son una buena manera de acercarse a él para quien no esté familiarizado con el director estadounidense. Esta tarde, cuando un buen amigo me enviaba un mensaje para comunicarme la muerte del octogenario director de cine, me quedaba helado en medio de un supermercado. Petrificado. Inmóvil frente a la mirada de la cajera que exigía rapidez para que rellenara mis bolsas de la compra. Y puede que nunca antes hubiera sentido una cosa así, tratándose de alguien a quien no conoces personalmente. Imagino que es inevitable cuando piensas que el director que ha muerto ha sido una de las personas que te ha regalado algunas de las mejores horas de tu vida, y que ha conseguido en varias ocasiones, no sólo aplausos rotundos en tu sofá, sino verdaderos ataques de emoción y respeto.
La tarde de perros del 9 de abril (como algunos comentaban con agudeza en las redes sociales) ha despedido a uno de los últimos bastiones del buen cine. Del cine que se escribe con mayúsculas y que está al alcance de muy pocos. Esta tarde se ha marchado uno de los últimos exponentes de la Generación de la Televisión (Lumet realizó más de 20 trabajos televisivos además de todas sus películas), y uno de los últimos directores “casi clásicos” que seguía en activo (siempre resulta controvertido utilizar la palabra "clásico"). Hoy se va uno de los directores con una ópera prima, que a la postre, se ha convertido en un clásico imprescindible. Pocos directores han demostrado tanto oficio y tanta visión cinematográfica, como la que Lumet desplegó en su primera película 12 hombres sin piedad (Twelve angry men, 1957). Durante 86 minutos, y con texto de Reginald Rose, Lumet filmaba con maestría a esos doce hombres encerrados en la sala de jurado, intentando otorgar un veredicto. Henry Fonda con su impecable traje blanco, un ventilador estropeado, cuatro paredes de un plató a medida y una cámara oportuna, vivaz y precisa en cada uno de sus planos, le bastaron al joven Lumet para rodar esta obra maestra con un presupuesto mínimo y sembrar la tan presente duda razonable en el espectador. El resto, forma parte del mejor cine judicial de todos los tiempos, y un legado único e irrepetible que perdurará a través del tiempo.Con Lumet, muere también, uno de los cineastas más comprometidos del cine estadonidense (pese a que él mismo lo negara en varias ocasiones). Al igual que John Ford, Lumet nunca dijo que entendiera el cine en términos de arte. Más bien, entendió el cine como un oficio. Negó siempre que la figura del director fuera más relevante que el resto de un equipo de rodaje,y puso en duda la teoría del cine de autor en varias entrevistas. Películas como Supergolpe en Manhattan (The Anderno Tapes, 1971), El príncipe de la ciudad (Prince of the City, 1981), o A la mañana siguiente (The morning Alter, 1986), son obras de minuciosa orfebrería, a veces consideradas películas menores, pero que sin lugar a duda, podrían servir como clases magistrales en cualquier universidad del mundo de cómo dirigir una película.
Y quizá, gran parte del mérito del maestro Lumet, es que su obra no es ni mucho menos perfecta. Entre sus películas, se encuentran grandes fracasos de taquilla, grandes batacazos para la crítica, y películas insoportables como los remakes de El mago (The Wiz) o Gloria (1999), por poner dos de los múltiples ejemplos que podríamos sacar a relucir. Sin embargo, antes de morir, Lumet quiso ofrecer sus últimos apuntes como gran director en la memorable Antes que el diablo sepa que has muerto (Before the Devil knows you´re Dead, 2007) y en la imprescindible Declaradme culpable (Find Me Guilty, 2006), donde sacando lo mejor de un Vin Diesel casi irreconocible, ponía el broche perfecto a una larga trayectoria ligada al estrado judicial estadounidense. Sidney Lumet nunca descansó en su trabajo y en su empeño por hacer cine. A él le debemos gran parte del mejor cine policial, social y judicial de todos los tiempos. Con sus éxitos y sus fracasos y con un legado cinematográfico que seguir descubriendo, nos dice adiós uno de los mejores orfebres que han pulido el celuloide. Hasta siempre Lumet. Gracias por hacer que este mundo no sea tan implacable como parece.












