"La diablesca relación entre el cine y las fuerzas infernales del submundo se vienen materializando desde que Meliès, pionero del cine de ciencia ficción y terror, le tributara a Mephisto, Satán, Fausto y su séquito una serie de películas que avanzaban, que la línea separatoria entre lo bendito y lo diabólico, no iba a ser pasto tan sólo de obras pictóricas e inquietantes novelas. Estos primeros films, ya sembraban la incertidumbre, que cien años después todavía está presente en el moderno espectador que ansioso, en su butaca, sigue devorando palomitas, aterrado por la presencia del príncipe de las tinieblas. Lucifer y su parafarnalia satánica, ha interesado a autores, desde el expresionismo alemán de Murnau, ya sea a través del vampirismo en su Nosferatu, o de su adaptación del Fausto de Goethe hasta la apocalíptica El fin de los días de Peter Hyams. Y es que el miedo, evangélico o no, a una fuerza superior capaz de poseer, destruir e incluso arrebatar un hijo, es compartido por una cultura global, que no entiende de religión.
Esta última premisa, el nacimiento del anticristo, es la que a partir de la novela d Ira Levin se desarrolló en el guión de “La semilla del diablo” (Rosemary´s Baby 1968). Una pareja común de Nueva York, acabará engendrando al hijo de Satán, debido a la vanidad del ser humano, capaz de vender su alma, por conseguir lo que desea. La semilla del diablo, se convirtió con este argumento y un acertado reparto en un adalid que cambió el concepto de terror, y sustituyo, los monstruos y las casas encantadas, por películas como El exorcista o la trilogía de Damián iniciada con La profecía. Gran parte de este éxito, se debe a la manera en la que Robert Evans, persuadió a Polanski, para que dirigiera el proyecto, dejándole leer tan sólo unas pocas páginas de la novela original, que comienza como una telenovela y que acaba con una de las secuencias de terror, más recordadas por los amantes del género. Seguramente debido a esa última secuencia Robert Evans afirmó que con “la semilla del diablo produce tanto terror, como el propio infierno, porque no ves nada”.- Y es que Polanski, aplicó debidamente en su film, la mezcla de suspense, y terror, que inciara el maestro Jacques Tourner.
Este agobio psicológico al que Polanski nos somete, se ve complementado, con la infantil y asfixiante interpretación de la hippie Mia Farrow, elegida explícitamente por Evans y con la señorial actuación de Cassavets, que en discusión con Evans, fue elegido finalmente por Polanski, en detrimento de Robert Redford. Posiblemente, que tanto Evans, como Polanski, fueran actores en sus comienzos, influyó de manera decisiva en que la película se sustente mucho más en las expresiones de los actores, acompañadas con casi invisibles movimientos de cámara, que en los propios diálogos del film. Y es que la mezcla de surrealismo y brujería con la que Polanski, plasmó la manera en la que el hijo de Satán es concebido, o la trasposición de imágenes al final del film, que dejan total libertad a la imaginación del espectador, son dignas, de una narrativa visual, casi heredera de las novelas de Lovercraft.
Las posteriores casualidades tras el estreno del film, de la muerte de la madre de Polanski, o la del accidente que le costó la vida al compositor de la banda sonora del film, un año después de su estreno, han servido más para encumbrar a este film, y para especular sobre las posibles acciones de Lucifer, ahora sí, fuera del celuloide. La Paramount resucitó gracias a este film, que encumbro a una desconocida Mia Farrow, puso en boca de todos a un jovencísimo Polanski, y comenzó a consolidar el reinado de Robert Evans en Hollywood. ¿Qué más se le puede pedir a una película de terror? Seguramente lo que todavía hoy muchos de nosotros todavía nos reconcome cuando volvemos a verla. Porque, amado y odiado Polanski, no me enseñaste nunca lo que había en aquel cochecito negro".